Foto de Mihaela Claudia Puscas en <a href=“https://www.pexels.com/photo/modern-coffe
De nuestro equipo editorial
Si quieres comprender Italia, no debes sentarte.
Los que son atraídos a una de las pequeñas mesas redondas de la plaza no sólo pagan tres veces más, sino que además maniobran en los márgenes sociales. La verdadera vida, el corazón del país, late en el bar. Donde brilla el cromo de las enormes máquinas Faema y repiquetean las pesadas tazas de porcelana. Aquí es donde la Café no se bebe simplemente; se negocia, se celebra y se consume a un ritmo acelerado.
Sólo hay tiempo para lo esencial
Es una breve oración ritual que suele durar menos de un minuto. Te acercas a la barra, basta con una breve y casi imperceptible inclinación de cabeza hacia el camarero. En Italia, el espresso no necesita adjetivos, es simplemente un caffè. Mientras la máquina sisea al presionar el oscuro y aceitoso extracto en la taza precalentada, hay tiempo para lo esencial:
Una frase rápida sobre el tiempo, una maldición sobre política o un análisis experto de la última jornada de la Serie A. Es una intimidad fugaz entre desconocidos, un pegamento social que mantiene unida a la sociedad.

Agua antes del café
La etiqueta es estricta, aunque no esté escrita en ninguna parte. Primero tomas un pequeño sorbo de agua, que el camarero te sirve sin palabras. No es para saciar tu sed, sino para limpiar tus papilas gustativas y preparar el terreno para lo que sigue. Luego echa un vistazo a la crema: tiene que ser espesa, de color avellana, casi como una capa protectora sobre el oro líquido. Una o dos caladas rápidas y la taza vuelve a caer sobre la encimera. Listo.
Y por si acaso...
Y pobre de aquel que no tenga en cuenta la hora del día. Quien pida un capuchino después de las once de la mañana está cometiendo un sacrilegio culinario. Para los italianos, la leche después del desayuno es una pesada carga para el estómago, un error turístico que se recibe con cejas levantadas.
El verdadero maestro se ciñe al espresso: puro, fuerte y al grano. Es el arte de saborear el momento sin alargarlo. Una pequeña victoria sobre el ajetreo de la vida cotidiana, servida en una taza apenas mayor que un dedal, pero que contiene la energía de toda una mañana.